
– Quiero que lo tengas -dijo el hombre sosteniendo la alianza de oro con su exquisita incrustación de plata-. Tu madre me lo dio el día que nos casamos.
– Lo sé -Thorne, aun sabiendo que cometía un grave error, aceptó el anillo. Lo sintió frío entre sus dedos, un aro de metal que no guardaba ninguna calidez, ninguna promesa, ninguna alegría. El símbolo de unos sueños rotos. Se guardó el maldito anillo en el bolsillo.
– Prométeme una cosa, hijo.
– ¿Qué?
– Que te casarás.
Thorne ni siquiera se inmutó.
– Algún día.
– Que sea pronto, ¿de acuerdo? Me gustaría marcharme de esta tierra sabiendo que vas a tener una familia.
– Lo pensaré -respondió Thorne y de pronto la pequeña alianza de oro y plata que llevaba en el bolsillo pareció pesar cientos de kilos.
Uno
Grand Hope, Montana Octubre
La doctora Nicole Stevenson sintió una subida de adrenalina como siempre le ocurría cada vez que víctimas de accidentes entraban en la sala de urgencias del Hospital St. James.
Vio la intensidad de la mirada de la doctora Maureen Oliverio cuando la otra mujer colgó el teléfono.
– ¡El helicóptero ha llegado! ¡Vamos! -el equipo de médicos y enfermeras, que tan apresuradamente había sido reunido, respondió-. Los paramédicos están trayendo al paciente. Doctora Stevenson, tu turno.
– ¿Qué tenemos? -preguntó Nicole.
La doctora Oliverio, seria y eficiente, fue marcando el camino a través de las puertas dobles.
– Accidente de un único coche en Glacier Park. La paciente es una mujer de veintitantos años y está embarazada. Fracturas, daño interno, conmoción, un auténtico desastre. Ha roto aguas y es probable que tengamos que hacer una cesárea debido al resto de daños que ha sufrido. Una vez dentro, repararemos otras lesiones. ¿Estáis todos? La doctora Stevenson está al mando hasta que enviemos a la paciente al quirófano.
