
Ahora, mientras observaba su dificultosa respiración y se fijaba en los vendajes manchados de sangre que le cubrían su hinchada cara, se sentía como un canalla. Había dejado que se alejara de él, no había mantenido el contacto y ahora allí estaba, indefensa y víctima de un accidente que aún no tenía explicación.
– Puedes hablar con ella -le dijo una suave y femenina voz y él alzó la vista para ver a Nicole mirándolo con compasión. Esos ojos del color del whisky envejecido y rodeados por unas espesas pestañas parecían mirarlo directamente dentro del alma, al igual que habían hecho cuando él tenía veintidós años y ella apenas diecisiete. ¡Dios! Tenía la sensación de que hubiera pasado toda una vida-. Nadie sabe si puede oírte o no, pero de lo que no hay duda es de que no puede hacerle ningún daño -sus labios se curvaron en una tierna sonrisa de ánimo y aunque él se sentía como un imbécil, asintió, sorprendido no sólo de que ella hubiera madurado hasta convertirse en una mujer hecha y derecha, sino de que fuera médico, ni más ni menos, y un médico que podía tanto gritar órdenes como ofrecer susurros compasivos. ¿Era Nikki Sanders, la chica que casi le había robado el corazón? ¿La única chica que casi lo había convencido de que se quedara en Grand Hope y trabajara en el rancho? Dejarla había sido duro, pero lo había hecho. Había tenido que hacerlo.
Como si sintiera que tal vez él pudiera necesitar algo de privacidad, Nicole se centró en tomar notas del informe de Randi.
Thorne desvió la mirada de la curva del cuello de Nikki, aunque no pudo evitar fijarse en ese mechón de cabello dorado que se había soltado del recogido. Tal vez, después de todo, no era tan seria y convencional.
Tras agarrarse a la fría barra de metal a un lado de la cama de Randi, volvió a concentrarse en su hermana. Se aclaró la garganta.
