Nicole miró a los otros médicos mientras se ponían las mascarillas y los guantes. Su trabajo consistía en estabilizar al paciente antes de que entrara a quirófano.

Las puertas de la sala de emergencias del Hospital St. James se abrieron de par en par dando paso a una camilla empujada por dos paramédicos.

– ¿Qué tenemos? -le preguntó Nicole al paramédico que tenía más cerca, un hombre bajo con la cara colorada y el pelo y el bigote canosos-. ¿Cómo están las constantes vitales? ¿Y el bebé?

– Presión sanguínea normal, ritmo cardíaco sesenta y dos, pero está cayendo ligeramente… -mientras el paramédico le iba dando la información que había reunido, Nicole escuchaba mirando a la paciente, una mujer en estado inconsciente cuyo rostro probablemente había sido bello aunque ahora estuviera cubierto de sangre y magullado. Tenía el abdomen hinchado, un líquido le entraba en el brazo por medio de una intravenosa y tenía el cuello y la cabeza sujetos-, desgarros, quemaduras, cráneo, mandíbula y fémur fracturados, posible hemorragia interna…

– ¡Hay que monitorizar al feto! -ordenó Nicole.

– Enseguida.

– Bien -asintió Nicole-. Bien, bien, ahora ramos a estabilizar a la madre.

– ¿Se ha informado ya al marido? ¿Tenemos consentimiento? -preguntó la doctora Oliverio.

– No lo sabemos -respondió un paramédico con gesto sombrío-. La policía está intentando localizar a los familiares. Según su carné de identidad, se llama Randi McCafferty y en su permiso de conducir no aparece nada sobre alergias a ningún medicamento, ni lleva ningún medicamento en el bolso.

– ¡Oh, Dios mío! -el corazón de Nicole casi se detuvo. Se quedó paralizada. Durante un segundo se desconcentró-. ¿Estás seguro? -preguntó.

– Completamente.

– Randi McCafferty -repitió la doctora Oliverio con la respiración entrecortada-. Mi hija fue al colegio con ella. Su padre ha muerto. J. Randall, un hombre que en su tiempo fue muy importante por aquí. Era el dueño del rancho Flying M, está a unos treinta kilómetros de aquí. Randi tiene tres hermanastros.



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