La conversación parecía inocente, pero no lo era.

– Soy escritor…

– ¿Qué escribe?

– Escribo para la televisión estadounidense…

– No, miente. -De pronto, el semblante de Livermore se transformó. Endureciendo la mirada se inclinó hacia el padre Daniel-. Usted es sacerdote.

– ¿Cómo?

– He dicho que usted es sacerdote. Trabaja en el Vaticano. Para el cardenal Marsciano.

El padre Daniel clavó la mirada en su interlocutor.

– ¿Quién es usted?

Livermore le mostró la mano izquierda. Sostenía una automática con un silenciador adaptado al cañón.

– Su verdugo.

En ese instante, un temporizador digital sujeto a la parte inferior del autocar marcó 00.00. Una milésima de segundo después se produjo una enorme explosión. Livermore se esfumó. Las ventanas estallaron. Los asientos y los cuerpos salieron despedidos. Un trozo de acero afilado decapitó al conductor, causando que el autocar se desviase hacia la derecha y aplastara un Ford blanco contra la barrera. Tras rebotar en éste, el vehículo siguió dando tumbos en medio del tráfico, convertido en una estrepitosa bola de fuego de veinte toneladas de acero y caucho ardiendo. Un motociclista desapareció bajo sus ruedas. Luego el autocar se enganchó a la parte trasera de un camión plataforma y dio una vuelta de campana. Chocó contra un Lancia plateado, empujándolo con violencia a través de la mediana, dejándolo justo en el camino de un camión cisterna cargado de gasolina.

Reaccionando de golpe, el conductor del camión cisterna pisó el freno y dio un volantazo hacia la derecha. Con las ruedas bloqueadas y un chirrido de neumáticos, el enorme camión se deslizó hacia delante y de costado, empujando el Lancia como si fuese una bola de billar contra el autocar en llamas, que se despeñó por una cuesta escarpada. Se levantó sobre dos ruedas, permaneció así por un segundo y luego volcó, escupiendo los cuerpos de sus pasajeros, muchos de ellos desmembrados y envueltos en llamas. Cincuenta metros más abajo se detuvo, prendiendo fuego a la hierba seca que lo rodeaba.



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