Unos segundos más tarde el depósito de combustible estalló, lanzando llamaradas y humo hacia el cielo en una tormenta de fuego que ardió hasta que no quedó más que un armazón reducido a cenizas y una insignificante columna de humo.

TRES

Vuelo 148 de Delta Airlines, de Nueva York a Roma, lunes 6 de julio, 7.30 h

Danny estaba muerto, y Harry se dirigía a Roma con objeto de recoger su cadáver y llevarlo a Estados Unidos para enterrarlo. Como la mayor parte del vuelo, la última hora había sido un sueño. Harry había visto el sol de la mañana tocar los Alpes. Lo había visto reverberar en el mar Tirreno cuando giró el avión, sobrevolando tierras de labranza italianas en su descenso sobre el aeropuerto internacional Leonardo da Vinci, en Fiumicino.

«Harry, soy tu hermano, Danny…»

Lo único que oía era la voz de Danny en el contestador automático. Sonaba una y otra vez en su cerebro, como un trozo de cinta que se repite sin cesar. Temerosa, turbada y, ahora, muda.

«Harry, soy tu hermano, Danny…»

Tras rechazar una taza de café ofrecida por una azafata sonriente y vivaracha, Harry se reclinó en el asiento aterciopelado de la sección de primera clase y cerró los ojos, recordando lo que había ocurrido hasta entonces.

Había intentado llamar a Danny otras dos veces desde el avión. Y una vez más después de registrarse en el hotel. Pero no había obtenido respuesta. Con creciente preocupación, había telefoneado directamente al Vaticano con la esperanza de encontrar a Danny en el trabajo, pero lo pasaron con distintos departamentos donde le hablaban en un inglés chapurreado, en italiano y en una combinación de ambos, y al final le habían comunicado que el padre Daniel «no vendrá hasta el lunes».



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