Maldita sea, ¿de qué servía todo eso? La muerte de su hermano lo oscurecía todo. No pensaba sino en qué habría debido hacer por Danny que no hubiera hecho. ¿Llamar a la embajada estadounidense o a la policía de Roma y enviarlos a su piso? Ni siquiera sabía dónde vivía. Por eso había intentado ponerse en contacto con Byron Willis, su jefe, mentor y mejor amigo, desde la limusina, en cuanto oyó el mensaje de Danny. Pretendía preguntarle a quién conocían en Roma que pudiera ayudar, pero no había logrado comunicarse con él. Si lo hubiera hecho, y si hubiesen encontrado a alguien en Roma, ¿estaría aún vivo su hermano? La respuesta, con seguridad, era que no, porque no habrían dispuesto de tiempo.

Dios Santo.

A lo largo de los años, ¿cuántas veces había intentado ponerse en contacto con Danny? Intercambiaron por costumbre tarjetas de Navidad y felicitaciones de cumpleaños durante un par de años después de la muerte de su madre. Luego fueron dejando pasar las fechas señaladas, y por último, llegó el olvido. Ocupado con su vida y su carrera, Harry había dejado que las cosas siguieran su curso, convencido de que así debía ser. Hermanos en las antípodas. Enfadados, a veces hostiles, vivían en mundos aparte y siempre lo harían, preguntándose, quizás, en los raros momentos de serenidad, si debían tomar la iniciativa y buscar la manera de reconciliarse. Pero nunca lo hicieron.

Y después, el sábado por la noche, mientras celebraba en las oficinas de la Warner en Nueva York la fortuna que estaban ganando con Dog on the Moon -diecinueve millones de dólares a falta de la recaudación del sábado por la noche, el domingo y el lunes siguientes, con una previsión de beneficios brutos para el fin de semana de entre treinta y ocho y cuarenta millones-, Byron Willis lo había llamado desde Los Ángeles.



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