La archidiócesis católica había estado intentando ponerse en contacto con Harry y se negaba a dejar un mensaje en su hotel. Habían localizado a Willis a través del despacho de Harry, y el propio Byron había decidido realizar la llamada. Danny había sido asesinado, había dicho en voz baja, en lo que parecía ser un atentado terrorista contra un autocar que se dirigía a Asís.

En el giro emocional que se produjo a continuación, Harry había cancelado sus planes para regresar a Los Ángeles y había reservado un vuelo a Italia para el domingo por la noche. Iría allí y él mismo llevaría a Danny a casa. Era lo único que podía hacer… y lo último.

Luego, el domingo por la mañana se había puesto en contacto con el Departamento de Estado y había pedido que la embajada de Estados Unidos en Roma organizara una reunión entre él y la gente que investigaba el atentado contra el autocar. Danny se había mostrado temeroso y turbado; quizá sus palabras arrojarían un poco de luz sobre lo ocurrido. Después, y por primera vez en muchísimo tiempo, Harry había ido a la iglesia. Y había rezado y sollozado.


Debajo de él, Harry oyó el ruido del tren de aterrizaje al bajar. Miró por la ventanilla y vio aparecer la pista, mientras dejaban atrás la campiña italiana con sus campos abiertos y sus acequias. Luego sintió una sacudida cuando tocaron tierra: redujeron la velocidad, giraron y rodaron hacia los largos y poco iluminados edificios del aeropuerto Leonardo da Vinci.


La mujer uniformada que atendía en el puesto de control de pasaportes le pidió que esperara y tomó el teléfono. Harry se vio reflejado en el cristal mientras aguardaba. Llevaba aún su traje de Armani azul oscuro y su camisa blanca, tal como lo describían en el artículo de Variety. En su maleta había otro traje yotra camisa, junto con un jersey ligero, un chándal, un polo, unos téjanos y zapatillas de deporte. Era la misma maleta que había hecho para Nueva York.



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