
– Soy el inspector jefe Otello Roscani, de la Polizia di Stato. Éste es el inspector-jefe Pio.
– Cómo está…
– ¿Por qué ha venido a Italia, señor Addison?
Harry se quedó perplejo. Sabían por qué estaba allí: de lo contrario, no lo habrían esperado.
– Para llevar a casa el cuerpo de mi hermano… Y para hablar con ustedes.
– ¿Cuándo planificó su viaje a Roma?
– No lo planifiqué en absoluto…
– Responda a la pregunta, por favor.
– El sábado por la noche.
– ¿No lo hizo antes?
– ¿Antes? No, claro que no.
– ¿Hizo las reservas usted mismo?
Pio habló por primera vez. Su inglés casi no tenía acento, como si fuese estadounidense o hubiese pasado mucho tiempo allí.
– Sí.
– El sábado.
– El sábado por la noche. Ya se lo he dicho. -Harry miró a uno y luego al otro-. No entiendo sus preguntas. Sabían que vendría. Pedí a la embajada de Estados Unidos que organizase un encuentro con ustedes.
Roscani se introdujo el pasaporte de Harry en el bolsillo.
– Hemos de pedirle que nos acompañe a Roma, señor Addison.
– ¿Por qué? Podemos hablar aquí mismo. No hay mucho que decir. -Harry sintió que le sudaban las manos. Había algo más, pero ¿qué?
– Tal vez debería dejar que nosotros lo decidamos, señor Addison.
Una vez más, Harry miró a ambos.
– ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué es lo que me ocultan?
– Sencillamente queremos hablar un poco más, señor Addison.
– ¿Sobre qué?
– Sobre el asesinato del cardenal vicario de Roma.
CUATRO
Colocaron el equipaje de Harry en el maletero y luego condujeron en silencio durante cuarenta y cinco minutos, sin intercambiar una sola palabra ni mirada. Pio iba al volante del Alfa Romeo gris, y Roscani en el asiento trasero con Harry. Tomaron la autopista al salir del aeropuerto, atravesaron los suburbios de Magliana y Portuense, avanzaron en paralelo al Tíber y lo cruzaron en dirección al centro de Roma, pasando junto al Coliseo, o eso le pareció a Harry.
