La mujer colgó el teléfono y lo miró. Al cabo de un momento, dos policías con metralletas colgadas del hombro se acercaron. Uno de ellos entró en el puesto y examinó su pasaporte, luego miró a Harry y le hizo una seña para que pasara.

– ¿Nos acompaña, por favor?

– Por supuesto.

Cuando se pusieron en movimiento, Harry vio que el primer policía se acomodaba la metralleta para aferraría con la mano derecha. De inmediato, otros dos policías uniformados se unieron al grupo mientras cruzaban la terminal. Los pasajeros se echaban a un lado con rapidez y luego se volvían, mirando por encima del hombro en cuanto se hallaban fuera de su camino.

En el extremo de la terminal se detuvieron ante una puerta de seguridad. Uno de los policías introdujo un código en un teclado numérico. Sonó un timbre y el hombre abrió la puerta, luego subieron un tramo de escaleras y torcieron por un pasillo. Instantes después se detuvieron ante una segunda puerta.

El primer policía llamó y entraron en una habitación sin ventanas en la que aguardaban dos hombres trajeados. Los policías de uniforme entregaron el pasaporte de Harry a uno de ellos y se marcharon, cerrando la puerta al salir.

– Usted es Harry Addison…

– Sí.

– Hermano del sacerdote del Vaticano, el padre Daniel Addison.

Harry asintió.

– Gracias por venir a recibirme…

El hombre que sostenía su pasaporte debía de tener unos cuarenta y cinco años; era alto, y estaba bronceado y en forma. Llevaba un traje azul sobre una camisa de un azul más claro, con una corbata marrón cuidadosamente anudada. Hablaba un inglés con marcado acento italiano, pero comprensible. El otroera un poco mayor y casi tan alto, pero un poco más delgado y de cabello negro entrecano. Llevaba una camisa a cuadros. Su traje era de color marrón claro, como su corbata.



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