James Eaton, primer secretario del consejero de Asuntos Políticos, de la embajada de Estados Unidos en Roma

Pierre Weggen, banquero inversor suizo

Miguel Valera, comunista español.



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Prólogo

Roma, domingo 28 de junio

Aquel día se hacía llamar F y tenía un asombroso parecido con Miguel Valera, el español de treinta y siete años de edad que se revolvía en un sueño ligero y narcotizado en el otro extremo de la habitación. El apartamento donde se encontraban no era gran cosa: apenas dos habitaciones con una cocina diminuta y un baño en la quinta planta. Los muebles eran baratos y estaban gastados, típicos de un piso alquilado por semanas. Los que más saltaban a la vista eran el descolorido sofá de terciopelo en el que dormía el español y la pequeña mesa de alas abatibles situada bajo la ventana de la fachada, por la que miraba F.

En efecto, el apartamento no valía nada. Su encanto residía en la vista: el jardín de la plaza de Letrán y, más allá, la imponente basílica medieval de San Juan de Letrán, catedral de Roma y «madre de todas las iglesias», fundada por el emperador Constantino en el año 313. Aquel día la vista desde la ventana era aún mejor de lo que prometía. En el interior de la basílica, Giacomo Pecci, el papa León XIV, que cumplía setenta y cinco años, oficiaba misa, y una gran muchedumbre atestaba la plaza, como si toda Roma celebrara con él.

Pasándose los dedos por los cabellos teñidos de negro, F observó a Valera. Antes de diez minutos abriría los ojos. Antes de veinte estaría alerta y en condiciones. F se volvió con brusquedad y posó la mirada sobre un viejo televisor en blanco y negro que había en un rincón. Transmitían en directo la misa de la basílica.



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