El Papa, con vestimentas litúrgicas blancas, contemplaba los rostros de los fieles mientras hablaba, dirigiéndoles miradas cargadas de energía, de esperanza, de espiritualidad. Él los amaba, y ellos correspondían a su amor, lo que le confería un aire juvenil a pesar de su edad y del progresivo deterioro de su salud.

Las cámaras de televisión pasaron a mostrar caras conocidas de políticos, celebridades y empresarios entre la multitud que abarrotaba la basílica. Luego se detuvieron por unos instantes en cinco clérigos sentados detrás del pontífice. Eran sus viejos asesores, sus uomini di fiducia. Hombres de confianza que probablemente constituían la autoridad más influyente de la Iglesia católica romana.

• Cardenal Umberto Palestrina, sesenta y dos años. Golfillo huérfano de las calles de Nápoles convertido en secretario de Estado del Vaticano. Muy popular dentro de la Iglesia y sumamente respetado por la comunidad diplomática internacional. De gran corpulencia: casi dos metros de estatura y ciento veinte kilos de peso.

• Rosario Parma, sesenta y siete años. Cardenal vicario de Roma. Alto, severo. Prelado conservador de Florencia, en cuyas diócesis e iglesia se celebraba la misa.

• Cardenal Joseph Matadi, cincuenta y siete años. Prefecto de la Congregación de Obispos. Natural del Congo. Jovial, políglota, de espaldas anchas. Hombre de mundo y astuto para los asuntos diplomáticos.

• Monseñor Fabio Capizzi, sesenta y dos años. Director general del Banco del Vaticano. Nacido en Milán. Diplomado en Oxford y Yale, había amasado una fortuna antes de ingresar en el seminario a la edad de treinta años.

• Cardenal Nicola Marsciano, sesenta años. Hijo mayor de un granjero toscano, se educó en Suiza y en Roma. Presidente de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica; como tal, supervisor general de las inversiones del Vaticano.

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