
Delante, cerca de una veintena de pasajeros conversaban, leían o descansaban como él, disfrutando el frescor del aire acondicionado. En el exterior, el calor del sol veraniego reverberaba en el paisaje rural, madurando los frutos, endulzando las viñas y, poco a poco, deteriorando las escasas murallas y fortalezas diseminadas aquí y allá, visibles en la distancia al paso del autocar.
Dejándose llevar, los pensamientos del padre Daniel volvieron a Harry y a la llamada que había grabado en su contestador poco antes del amanecer. Se preguntaba si su hermano había tenido ocasión de escuchar el mensaje. Y, en caso de que lo hubiera hecho, si seguía resentido y había optado por no devolverle la llamada. Había asumido el riesgo. Él y Harry se habían distanciado en la adolescencia. Hacía ocho años que no se hablaban, diez que no se veían. La última vez había sido un encuentro breve, en Maine, en el funeral de su madre. En aquella ocasión, Harry tenía veintiséis años y Danny, veintitrés. No era del todo absurdo suponer que, a aquellas alturas, Harry habría excluido de su vida a su hermano menor y que, sencillamente, le importaba un comino.
No obstante, en ese momento, lo que Harry pensara o lo que los había mantenido distanciados carecía de importancia. Lo único que quería Danny era oír la voz de su hermano, aproximarse a él de algún modo y pedirle ayuda. Había telefoneado impulsado tanto por el miedo como por el amor y porque no tenía a nadie más a quien acudir. Se había convertido en parte de una pesadilla sin retorno, una tragedia cada vez más oscura y escabrosa. Por ello, sabía que era muy posible que muriese sin volver a ver a su hermano.
