
– Lo siento, no responde. Dijo algo acerca de una cena. ¿Le dejo un mensaje en su casa?
Se produjo un destello de luces y Harry sintió que la limusina se inclinaba cuando el chófer tomó el cruce en trébol para salir de la autopista de Ventura y se introdujo a toda prisa en el tráfico de la de San Diego, en dirección al aeropuerto LAX de Los Ángeles. «Tranquilízate -pensó-. Quizá Danny esté en misa, en el trabajo o dando un paseo. No empieces a volverte loco o a volver locos a los demás cuando ni siquiera sabes qué está ocurriendo.»
– No, no se moleste. Me dirijo a Nueva York, hablaré con él por la mañana. Gracias.
Después de colgar, Harry vaciló y volvió a marcar el número de Roma. Oyó los mismos tonos, el mismo silencio y, a continuación, las ya familiares llamadas. No hubo respuesta.
DOS
Italia, viernes 3 de julio, 10.20 hEl padre Daniel Addison dormitaba en un asiento de ventana de la parte trasera del autocar, con los sentidos concentrados en el suave ronroneo del motor diesel y el zumbido de las ruedas mientras el vehículo avanzaba por la autopista hacia Asís.
Iba vestido de calle. Su atuendo de clérigo y artículos de tocador estaban en una pequeña bolsa en el portaequipajes, sobre su cabeza; sus gafas y documentación en el bolsillo interior de la cazadora de nailon que llevaba sobre unos téjanos y una camisa de manga corta. El padre Daniel tenía treinta y tres años y ofrecía el aspecto de un estudiante recién graduado, un turista más que viajaba solo, justo lo que pretendía parecer.
Sacerdote estadounidense destinado al Vaticano, llevaba nueve años viviendo en Roma y casi el mismo tiempo viajando a Asís, cuna del humilde clérigo que se convirtiera en santo. El antiguo pueblo situado en las colinas de Umbría le infundía una sensación de pureza y gracia que lo ponía más en contacto con su propio viaje espiritual que cualquier otro lugar que conociese. Sin embargo, en aquellas circunstancias el viaje era un desastre y su fe se hallaba prácticamente destruida. La confusión y el terror lo anulaban todo. Conservar una brizna de cordura suponía un esfuerzo psicológico considerable. Aun así, estaba en el autocar y en camino, pero sin la menor idea de qué haría o diría al llegar.
