Cuando se añadió la segunda planta a la casa Stackhouse original, décadas atrás, aquélla se había dividido en dormitorios, aunque puede que un tercio hubiera sido relegado a espacio de almacenaje cuando la generación más numerosa de la familia empezó a menguar. Como Jason y yo nos habíamos mudado con nuestros abuelos cuando murieron nuestros padres, la puerta del desván siempre se había mantenido cerrada. La abuela no quería tener que correr detrás de nosotros para limpiar en caso de que decidiéramos que el desván era un buen patio de juegos.

Ahora, la casa me pertenecía y llevaba la llave colgada de una cinta al cuello. Sólo quedábamos tres descendientes en la familia: Jason, yo y el hijo de mi fallecida prima Hadley, un muchachito llamado Hunter.

Palpé la oscuridad con la mano en busca de la cadena, la agarré y tiré de ella. La bombilla del techo se encendió y derramó su luz sobre décadas de desechos familiares.

El primo Claude y el tío abuelo Dermot entraron detrás de mí. Dermot exhaló con tanta fuerza que casi pareció un estornudo. Claude parecía triste. Estaba segura de que lamentaba su oferta de ayudarme a limpiar el desván. Pero no iba a dejar a mi primo en la estacada, no cuando había otro hombre dispuesto a echar una mano. Por ahora, Dermot iba allí donde iba Claude, así que contaba con dos al precio de uno. No había manera de predecir cuánto duraría la situación. Esa mañana, me di cuenta de repente de que pronto empezaría a hacer demasiado calor como para pasar el tiempo en el piso de arriba. La ventana que mi amiga Amelia había instalado en uno de los dormitorios mantenía los espacios habitables a una temperatura tolerable, pero nunca nos habíamos tomado la molestia de cambiar la del desván.



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