– ¿Cómo vamos a hacer esto? -preguntó Dermot. Él era rubio y Claude moreno; parecían dos sujeta-libros estupendos. Una vez le pregunté a Claude cuántos años tenía, para descubrir que apenas tenía una remota idea. Las hadas no cuentan el tiempo como nosotros, pero sabía que Claude me sacaba al menos un siglo. Era un crío en comparación con Dermot; mi tío abuelo calculaba que me sacaba setecientos años. Ni una arruga, ni una cana, ni el menor rastro de declive físico, en ninguno de los dos.

Dado que la naturaleza feérica era mucho más poderosa en ellos que en mí (yo sólo lo era en una octava parte), todos parecíamos más o menos de la misma edad, bien entrada la veintena. Pero eso cambiaría al cabo de pocos años. Yo parecería mayor que mis venerables familiares. Si bien Dermot se parecía mucho a mi hermano Jason, el día anterior me había dado cuenta de que éste tenía ya patas de gallo. Probablemente Dermot jamás desarrollara ese síntoma de la edad.

Devolviéndome al aquí y al ahora, dije:

– Sugiero que llevemos las cosas al salón. Allí hay mucha más luz y nos será fácil ver qué conservamos y qué tiramos. Cuando despejemos el desván, me pondré a limpiarlo después de que os vayáis a trabajar. -Claude era propietario de un club de striptease en Monroe y conducía hasta allí todos los días. Dermot seguía a Claude allí donde fuese. Como siempre…

– Tenemos tres horas -dijo Claude.

– Manos a la obra -contesté con una amplia sonrisa. Es mi expresión de seguridad.

Una hora más tarde, estaba un poco arrepentida, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás (contemplar a Claude y a Dermot sin camiseta hizo el trabajo más interesante). Mi familia ha vivido en esta casa desde que los Stackhouse llegaron al condado de Renard, y de eso hace sus buenos ciento cincuenta años. Nos ha dado tiempo a acumular cosas.

El salón se llenó rápidamente. Había cajas de libros, baúles llenos de ropa, muebles, jarrones.



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