– Hablaremos luego.

Por el rabillo del ojo vi a Pam apartando la cabeza para que Eric no viese su sonrisa traviesa.

– ¿No deberías taparla con algo? -gruñó Eric a Immanuel-. ¿No deberías taparle la ropa?

– Eric -intervine-, dado que apesto a humo y a extintor, no creo que sea demasiado importante proteger mi ropa del pelo quemado.

Eric no bufó, pero estuvo cerca. No obstante, pareció darse cuenta de mi doloroso estado emocional y se contuvo.

El alivio fue tremendo.

Immanuel, cuyas manos eran sorprendentemente estables para alguien metido en una diminuta cocina con dos vampiros (uno de ellos extremadamente susceptible) y una camarera chamuscada, me cepilló hasta dejar el pelo lo más suave posible. Luego cogió las tijeras. Notaba que el peluquero se concentraba absolutamente en su tarea. Descubrí que Immanuel era un portento de la concentración, ya que su mente era una ventana abierta para mí.

No llevó mucho tiempo. Los mechones quemados cayeron al suelo como copos de nieve.

– Necesito que te duches y vuelvas con el pelo limpio y mojado -dijo Immanuel-. Después, te lo igualaré un poco. ¿Dónde tienes la escoba y el recogedor?

Le indiqué dónde estaban antes de ir a mi cuarto de baño, atravesando el dormitorio. Me pregunté si Eric me acompañaría, ya que sabía, por anteriores experiencias, que le gustaba mi ducha. Tal como me sentía, estaría mucho mejor si se quedaba en la cocina.

Me quité la ropa apestosa y abrí el grifo para que fluyera el agua más caliente que mi cuerpo pudiera soportar. Fue un alivio entrar en la ducha y notar que la humedad y el calor cubrían todo mi cuerpo. Cuando el agua llegó a mis piernas, me escoció mucho. Por un instante no supe ver el lado positivo de nada. Sólo recordé el miedo que había pasado. Pero, una vez lidiado con ello, algo afloró en mi mente.

La figura que había atisbado corriendo hacia el bar, botella en mano…, no podía estar completamente segura, pero sospechaba que no era humana.



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