
– ¿Tan mal está? -pregunté, intentando que la voz no me temblara. Ahora que me sentía a salvo en casa, mi cuerpo empezaba a reaccionar.
– Voy a tener que quitarte por lo menos tres dedos -dijo en voz baja, como si me estuviese contando que un familiar estuviera gravemente enfermo.
Para mi vergüenza, reaccioné como si estuviera viendo las noticias. Sentía las lágrimas agolpándose en mis ojos y los labios me temblaban. «¡Es ridículo!», pensé. Mis ojos se deslizaron a la izquierda, cuando Immanuel puso su estuche de cuero sobre la mesa de la cocina. Abrió la cremallera y sacó un cepillo. Había varias tijeras dispuestas en bucles espirales y una plancha eléctrica con el cable pulcramente enrollado. Cuidado completo del pelo a domicilio.
Pam escribía un mensaje en el móvil a una increíble velocidad. Sonreía, como si el mensaje fuese condenadamente divertido. Eric me miraba fijamente. Su mente destilaba muchos pensamientos oscuros. No podía leerlos, pero sabía que estaba profundamente descontento.
Dejé escapar un suspiro y miré al frente. Amaba a Eric, pero en ese momento sólo deseaba que se llevase sus preocupaciones a otra parte. Sentí el contacto de Immanuel en mi pelo cuando empezó a cepillármelo. La sensación era muy extraña cuando llegaba a las puntas. Un leve tirón y un llamativo sonido me indicaron que parte del pelo quemado se había desprendido.
– No tiene arreglo -murmuró Immanuel-. Voy a cortarlo. Luego te lo lavarás y volveré a cortar.
– Tienes que buscarte otro trabajo -dijo Eric abruptamente, y el cepillo de Immanuel se detuvo en seco hasta que se dio cuenta de que Eric me hablaba a mí.
Quería enfadarme con mi novio. Quería darle una bofetada en su preciosa y testaruda cara.
– Ya hablaremos luego -dije, sin mirarlo.
– ¿Qué será lo siguiente? ¡Eres demasiado vulnerable!
