
Sólo por esa razón, apostaría mi dinero a la opción del cambiante o el licántropo. Por supuesto, existían otras criaturas sobrenaturales, como los elfos, las hadas y los trasgos, y todos ellos eran más veloces que los humanos. Para mi pesar, todo había ocurrido demasiado rápido como para poder captar la proyección mental del atacante. Habría sido una prueba decisiva, ya que los vampiros son un gran vacío para mí, un agujero en el éter. Tampoco puedo leer a las hadas, si bien sus señales son diferentes. Puedo leer a algunos cambiantes con cierta precisión, a otros no, pero noto la actividad de sus cerebros.
No suelo considerarme una persona indecisa. Pero mientras me secaba y me cepillaba el pelo mojado (notando lo extraño que resultaba terminar el recorrido tan pronto), me preocupó la idea de compartir mis sospechas con Eric. Cuando un vampiro te ama, aunque sólo sienta que eres de su propiedad, su noción de la protección puede ser un poco drástica. Eric adoraba meterse en refriegas; a menudo tenía que luchar para equilibrar el trasfondo político de una maniobra con la tentación de saltar con una espada desenfundada. Si bien no creía que fuese a cargar contra la comunidad de los cambiantes, dado el humor que tenía, creí que sería más inteligente guardarme mis ideas hasta contar con alguna prueba en una dirección u otra.
Me puse el pantalón del pijama y una camiseta de las Lady Falcons. Observé mi cama con anhelo antes de salir para reunirme de nuevo con el extraño grupo de mi cocina. Eric y Pam bebían sendas botellas de sangre sintética que guardaba en la nevera, mientras que Immanuel sorbía tímidamente una Coca-Cola. Me sentí afligida por no haberles ofrecido nada de beber, pero Pam me interceptó la mirada con expresión ecuánime. Ya se había encargado ella. Hice un gesto de agradecimiento con la cabeza a Immanuel y le dije:
