
Aunque Immanuel trató de agarrarme el brazo, salí con los pies descalzos hacia el cuarto de baño del pasillo, cogí el jarro que usaba Claude para limpiar el aseo, lo llené con agua helada y me fui a la cocina (me tambaleaba un poco al andar debido a la caída, pero me las arreglé). Eric estaba encima de Pam, lanzándole puñetazos. Su propia cara estaba ensangrentada. Pam lo agarraba de los hombros, impidiendo que se acercase más. Quizá temía que fuese a morderla.
Tomé posición y calculé la trayectoria. Cuando estuve segura de las estimaciones, derramé el agua fría sobre los vampiros.
Esta vez me tocaba apagar otro tipo de incendio.
Pam chilló como una tetera cuando el agua fría le salpicó la cara y Eric dijo algo que sonaba vil en un idioma desconocido. Por un segundo, pensé que ambos se lanzarían sobre mí. Afianzada mi posición con los pies descalzos, jarro vacío en mano, los miré con dureza de uno en uno. Entonces me volví y salí de la cocina.
Immanuel se sorprendió de verme volver de una pieza. Agitó la cabeza. Obviamente, no sabía si admirarme o pensar que era idiota.
– Estás loca, mujer -dijo-, pero al menos he conseguido que tu pelo luzca bonito. Deberías venir a que te ponga unos reflejos. Te haré un precio rebajado. Cobro más que nadie en Shreveport -añadió como si fuese lo más natural del mundo.
– Oh. Gracias. Me lo pensaré. -Exhausta por el largo día y mi repentino estallido de rabia (rabia y miedo son agotadores), me senté en la esquina libre del sofá e indiqué a Immanuel que se acomodase en la butaca, el único otro asiento del salón que no estaba ocupado por la limpieza de mi desván.
