
– Buena la han cogido los pitbull -señaló Immanuel. Afrontaba la situación con gran calma. Me alegraba de contar con compañía humana.
– No sé qué les pasa -dije-. Jamás los había visto actuar así.
– Pam está frustrada -confesó Immanuel con una familiaridad sorprendente-. Ella quiere crear a su propio vampiro neonato, pero existe alguna razón vampírica que se lo impide.
No pude disimular mi sorpresa.
– ¿Cómo sabes todo eso? Siento sonar un poco grosera, pero conozco a Pam y a Eric desde hace bastante tiempo y nunca les oí hablar del tema.
– Pam está saliendo con mi hermana. -Immanuel no parecía ofendido por mi franqueza, a Dios gracias -. Mi hermana Miriam. Mi madre es religiosa -explicó -. Y un poco loca. El caso es que mi hermana está enferma y va empeorando, y Pam quiere convertirla antes de que se ponga peor. Nunca dejará de ser un saco de huesos y pellejo si Pam no se da prisa.
No sabía qué decir.
– ¿Cuál es la enfermedad de tu hermana? -pregunté.
– Tiene leucemia -explicó Immanuel. Si bien mantenía su fachada tranquila, pude sentir el dolor que subyacía, así como el temor y la preocupación.
– Entonces por eso te conoce Pam.
– Sí. Pero tenía razón. Aparte de todo, soy el mejor estilista de Shreveport.
– Te creo -señalé-. Y lamento lo de tu hermana. Supongo que no te habrán dicho por qué Pam no puede convertirla.
– No, pero no creo que el obstáculo sea Eric.
– Seguro que no. -Sonó un grito seguido de un fuerte golpe en la cocina-. Me pregunto si debería intervenir.
– Yo, en tu lugar, los dejaría terminar.
– Espero que paguen los desperfectos de la cocina -dije, haciendo todo lo posible para sonar enfadada en vez de asustada.
– Sabes que podría ordenarle que se estuviese quieta y ella tendría que obedecer. -Era como si Immanuel hablase del tiempo.
Tenía toda la razón. Como vampira convertida de Eric, Pam estaba obligada a obedecer las órdenes directas. Pero, por alguna razón, Eric se resistía a emplear la palabra mágica. Mientras tanto, mi cocina estaba siendo arrasada. Cuando me di cuenta del todo de que Eric podía terminar con todo aquello cuando le viniese en gana, fui yo quien perdió los estribos.
