Julia Quinn


El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Prólogo

Cuando tenía diez años, la Señorita Miranda Cheever no mostraba signos de gran belleza. Su pelo era castaño -lamentablemente- al igual que sus ojos; y sus piernas, extraordinariamente largas, se negaban a aprender nada que pudiera ser ni remotamente llamado gracia. Su madre solía remarcar que definitivamente andaba a zancadas por la casa.

Desgraciadamente para Miranda, la sociedad en la que había nacido daba gran valor a la apariencia femenina. Y aunque sólo tenía diez años, sabía que a ese respecto era considerada inferior a la mayoría de las otras chicas que vivían en las cercanías. Los niños siempre encontraban la forma de enterarse de estas cosas: normalmente, gracias a otros niños.

En la fiesta del onceavo cumpleaños de Lady Olivia y el honorable Winston Bevelstoke, los dos hijos gemelos del Conde y la Condesa de Rudland, ocurrió un incidente verdaderamente desagradable. La casa de Miranda estaba bastante próxima a Haverbreaks, la vieja casa de los Rudland cerca de Ambleside, en el País de los Lagos de Cumberland, y siempre había compartido las lecciones con Olivia y Winston cuando eran residentes. Se habían convertido en un trío bastante inseparable, y raramente se molestaban en jugar con los demás niños de la zona, muchos de los cuales vivían casi a una hora de camino.

Pero una docena o así de veces al año, y especialmente en los cumpleaños, todos los niños de la nobleza y la alta burguesía locales se reunían. Fue por esta razón que Lady Rudland dejó escapar un gruñido nada propio de una dama; dieciocho pilluelos estaban dejando barro tras sus pisadas con gran regocijo por toda su sala de estar, después de que la fiesta de los gemelos en el jardín se viese interrumpida por la lluvia.



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