
– Tienes barro en la mejilla, Livvy -dijo Miranda, alargando la mano para limpiársela.
Olivia dejó escapar un dramático suspiro pesado.
– Será mejor que vaya al aseo, entonces. No querría que Mamá me viese así. Ella detesta la suciedad, y yo detesto oírla diciéndome lo mucho que la aborrece.
– No veo cómo tendría tiempo para objetar por un poco de barro en tu cara cuando lo tiene por toda la alfombra. -Miranda lanzó un vistazo hacia William Evans, quién soltó un grito de guerra y se lanzó sobre el sofá. Apretó los labios; o de otra forma, sonreiría-. Y los muebles.
– Da igual, será mejor que haga algo con esto.
Se deslizó fuera de la habitación, dejando a Miranda cerca de la entrada. Miranda observó la conmoción durante un minuto o más, bastante contenta de estar en su lugar habitual como observadora, hasta que, por el rabillo del ojo, vio que alguien se acercaba.
– ¿Qué le trajiste a Olivia por su cumpleaños, Miranda?
Miranda se giró para ver a Fiona Bennet ante ella, elegantemente vestida con un vestido blanco con faja rosa.
– Un libro -contestó-. A Olivia le gusta leer. ¿Qué le trajiste tú?
Fiona alzó una caja vistosamente pintada atada con un cordón plateado.
– Una colección de cintas para el pelo. Seda y satín, e incluso raso. ¿Quieres verlas?
– Oh, pero no me gustaría arruinar la envoltura.
Fiona se encogió de hombros.
– Todo lo que tienes que hacer es deshacer el cordón con cuidado. Yo lo hago cada Navidad -deslizó el cordón y levantó la tapa.
Miranda contuvo el aliento. Sobre el raso negro de la caja descansaban al menos dos docenas de cintas para el pelo, todas ellas exquisitamente atadas en un lazo.
– Son preciosas, Fiona. ¿Puedo ver una?
Fiona entrecerró los ojos.
– No tengo barro en las manos. ¿Ves? -Miranda sostuvo las manos en alto para que las inspeccionara.
