
– Espléndido -dijo Turner, dándose cuenta con felicidad de que de alguna manera había podido decir exactamente lo adecuado-. Bien, parece que hemos llegado.
Miranda alzó la vista hacia la gris casa de piedra que era su hogar. Estaba emplazada justo en una de las muchas calles que conectaba los lagos del distrito, y uno tenía que cruzar por un pequeño puente empedrado para llegar a la puerta principal.
– Muchas gracias por traerme a casa, Turner. Te prometo que nunca te llamaré Nigel.
– ¿También me prometes pellizcar a Olivia si me llama Nigel?
Miranda soltó una risita y se puso la mano en la boca. Asintió.
Turner desmontó y entonces se giró hacia la pequeña y la ayudó a bajar.
– ¿Sabes lo que creo que deberías hacer, Miranda? -dijo de pronto.
– ¿El qué?
– Creo que deberías llevar un diario.
Parpadeó sorprendida.
– ¿Por qué? ¿Quién iba a querer leerlo?
– Nadie, tonta. Para ti misma. Y quizás algún día, después de que mueras, tus nietos lo leerán y sabrán cómo eras cuando eras joven.
Ella ladeó la cabeza.
– ¿Qué pasa si no tengo nietos?
Turner alargó la mano impulsivo y la despeinó.
– Haces demasiadas preguntas, gatita.
– ¿Pero qué pasa si no tengo nietos?
Dios, era persistente.
– Quizás serás famosa. -Suspiró-. Y los niños que te estudien en la escuela querrán saber cosas sobre ti.
Miranda le lanzó una dubitativa mirada.
– Oh, muy bien, ¿quieres saber la verdadera razón de por qué creo que deberías llevar un diario?
Ella asintió.
– Porque algún día vas a crecer, y serás tan bonita como lista eres ya. Y entonces podrás mirar hacia atrás en tu diario y darte cuenta de lo tontas que son las niñas pequeñas como Fiona Bennet. Y te reirás cuando recuerdes a tu madre diciéndote que las piernas te empiezan en los hombros. Y quizás me guardarás una pequeña sonrisa cuando recuerdes la agradable charla que hemos tenido hoy.
