
Turner respiró hondo.
– Bueno -se anduvo con rodeos-. Los labios grandes no son atractivos. Los llenos sí.
– Oh. -Aquello pareció satisfacerla-. Fiona tiene los labios delgados.
– Los labios llenos son mucho mejores que los delgados -dijo Turner enfáticamente. Le gustaba mucho aquella divertida pequeña y quería hacerla sentir mejor.
– ¿Por qué?
Turner ofreció una silenciosa disculpa a los dioses de la etiqueta y el decoro antes de contestar:
– Los labios llenos son mejores para besar.
– Oh. -Miranda se sonrojó, y luego sonrió-. Bien.
Turner se sintió absurdamente complacido consigo mismo.
– ¿Sabes lo que pienso, Señorita Miranda Cheever?
– ¿Qué?
– Creo que sólo necesitas creer -se arrepintió en el mismo minuto en que lo dijo. Seguramente le preguntaría qué quería decir, y no tenía ni idea de qué contestarle.
Pero la precoz pequeña simplemente ladeó la cabeza a un lado mientras sopesaba su declaración.
– Espero que tengas razón -dijo por fin-. Sólo mira mis piernas.
Una discreta tos enmascaró la risa que brotó de la garganta de Turner.
– ¿Qué quieres decir?
– Bueno, son demasiado largas también. Mamá siempre me dice que me empiezan en los hombros.
– A mí me parece que empiezan bastante apropiadamente en tu cintura.
Miranda rió como una niña.
– Lo decía metafóricamente.
Turner parpadeó. Aquella niña de diez años tenía de hecho bastante vocabulario.
– Lo que quiero decir -continuó-, es que mis piernas tienen un tamaño equivocado comparadas con el resto de mí. Creo que es por eso que no puedo aprender a bailar. Siempre le estoy pisando los pies a Olivia.
– ¿Los pies de Olivia?
– Practicamos juntas -le explicó Miranda con brío-. Creo que si el resto de mi cuerpo fuera igual a mis piernas, no sería tan torpe. Así que creo que tienes razón. Tengo que crecer.
