
Turner se preguntaba si Leticia habría sentido eso cuando él sucumbió. O quizás había sido simplemente alivio. Estaba embarazada de tres meses cuando se casaron. No tenía tiempo que perder.
Y ahora aquí estaba ella. O más bien, allí estaba ella. Turner no estaba muy seguro de qué pronombre de lugar era más adecuado para un cuerpo sin vida bajo tierra.
Lo que fuese. Sólo lamentaba que ella pasaría la eternidad en su suelo, descansando entre los Bevelstokes de días pasados. Su lápida llevaría el nombre de él, y en unos cientos de años, alguien miraría el grabado en el granito y pensaría que debió haber sido una buena mujer, y que era una tragedia que hubiese muerto tan joven.
Turner alzó la vista hacia el sacerdote. Era un tipo joven, nuevo en la parroquia y por lo que se decía, todavía convencido de que podía hacer del mundo un lugar mejor.
– Cenizas a las cenizas -dijo el sacerdote, y alzó la vista hacia el hombre que se suponía era el afligido viudo.
Oh sí, pensó Turner mordaz, ese sería yo.
– Polvo al polvo.
Detrás de él hasta alguien sorbió con ruido.
Y el sacerdote, sus brillantes ojos azules con aquel horrible e inmerecido brillo de simpatía, siguió hablando:
– Confiando en la resurrección…
Buen Dios.
– …a la vida eterna.
El sacerdote miró a Turner y de hecho se estremeció. Turner se preguntó qué era exactamente lo que había visto en su cara. Nada bueno, eso estaba claro.
Hubo un coro de amenes, y en ese momento terminó el servicio. Todos miraron al sacerdote, y miraron a Turner, y luego todos observaron al sacerdote coger las manos de Turner en las suyas y decir:
– La echaremos de menos.
– Yo -dijo Turner entre los dientes apretados- no.
