– No queremos hablar de esas mujeres -objetó la Gorda con un tono conciliatorio-. Nomás de pensar en las mujeres de la pirámide nos ponemos muy nerviosas.

– ¿Qué les pasa a todos ustedes? -pregunté-. ¿Por qué actúan así?

– No sabemos -respondió la Gorda-. Es nomás una sensación que nos da a todos, una sensación muy inquieta. Todos estábamos bien hasta hace un rato, cuando empezaste a preguntar sobre esas mujeres.

Las aseveraciones de la Gorda fueron como una señal de alarma. Todos ellos se pusieron de pie y avanzaron amenazantes hacia mí, hablando muy fuerte.

Me tomó un buen rato calmarlos y hacer que volvieran a tomar asiento. Las hermanitas se hallaban muy molestas y su mal humor parecía influenciar el de la Gorda. Los tres hombres mostraban mayor control. Me enfrenté a Néstor y le pedí lisa y llanamente que me explicara por qué las mujeres se habían agitado tanto. Era obvio que yo me hallaba, involuntariamente, haciendo algo que las exasperaba.

– Yo verdaderamente no sé lo que es -respondió-. Es que ninguno de nosotros aquí sabe lo que nos sucede. Todo lo que sabemos es que nos sentimos mal y nerviosos.

– ¿Es porque estamos hablando de las pirámides? -le consulté.

– Debe ser por eso -respondió, sombrío-. Yo mismo no sabía que esas figuras fuesen mujeres.

– Claro que lo sabías, idiota -exclamó Lidia.

Néstor pareció intimidarse ante ese estallido. Retrocedió y me sonrió mansamente.

– A lo mejor lo sabía -concedió-. Estamos pasando por un periodo muy extraño en nuestras vidas. Ya ninguno de nosotros puede estar seguro de nada. Desde que llegaste a nuestras vidas ya no nos conocemos a nosotros mismos.

Un humor muy opresivo nos poseyó. Insistí en que la única manera de ahuyentarlo era hablando de esas misteriosas columnas de las pirámides.

Las mujeres protestaron acaloradamente. Los hombres se mantuvieron en silencio. Tuve la sensación de que en principio estaban de acuerdo con las mujeres, pero que en el fondo querían discutir el tema, al igual que yo.



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