
Las hermanitas demostraron su acuerdo al unísono, con un movimiento de cabeza. La Gorda me miró y sonrió.
– El nagual me dijo que tú eres el rey de los posesivos -intervino-. Genaro decía que hasta te despides dé tus mojones cuando se los lleva el río.
Las hermanitas se revolcaron de risa. Los Genaros hicieron obvios esfuerzos por contenerse. Néstor, que se hallaba sentado junto a mí, me palmeó la rodilla.
– El nagual y Genaro nos contaban historias sensacionales de ti -dijo-. Nos entretuvieron durante años con las historias de un tipo raro que conocían. Ahora sabemos que se trataba de ti.
Sentí una oleada de vergüenza. Era como si don Juan y don Genaro me hubieran traicionado, riéndose de mí enfrente de los aprendices. La tristeza me envolvió. Empecé a protestar. Dije en voz alta que a ellos los habían predispuesto en mi contra para tomarme como un tonto.
– No es cierto -dijo Benigno-. Estamos muy contentos de que estés con nosotros.
– ¿Estamos? -replicó mordazmente Lidia.
Todos se enredaron en una discusión acalorada. Los hombres y las mujeres se habían dividido. La Gorda no se unió a ningún grupo. Permaneció sentada junto a mí, mientras los otros se ponían en pie y gritaban.
– Estamos pasando por momentos difíciles -susurró la Gor da-. Hemos hecho bastante ensueño y sin embargo no es suficiente para lo que necesitamos.
– ¿Qué necesitan ustedes, Gorda? -pregunté.
– No sabemos. Todos tenían la esperanza de que tú nos lo dijeras.
Las hermanitas y los Genaros tomaron asiento nuevamente para escuchar lo que la Gorda me decía.
– Necesitamos un líder -continuó ella-. Tú eres el nagual, pero no eres líder.
– Toma tiempo llegar a ser un nagual perfecto -proclamó Pablito-. El nagual Juan Matus me dijo que él mismo fue un fracaso en su juventud, hasta que algo lo sacó de su complacencia.
