– ¡No lo creo! -gritó Lidia-. A mí nunca me dijo eso.

– A mí me dijo que era un tarugo -añadió la Gorda, en voz baja.

– El nagual me contó que en su juventud era un salado igual que yo -precisó Pablito-. Su benefactor también le requirió que jamás pusiera el pie en esas pirámides, y nomás por eso, prácticamente vivía allí hasta que lo corrió una horda de fantasmas.

Al parecer nadie conocía esa historia. Todos se avivaron.

– Eso se me había olvidado completamente -comentó Pablito-. Hasta ahorita lo acabo de recordar. Fue como lo que le pasó a la Gorda. Un día, después de que el nagual finalmente se había convertido en un guerrero sin forma, la fijeza maligna de esos guerreros que habían hecho sus ensueños y otros no-haceres en las pirámides, se le vinieron encima. Lo encontraron cuando trabajaba en el campo. Me contó que vio que una mano salía de la tierra floja de un surco fresco, para agarrarle el vuelo de sus pantalones. El creyó que se trataba de un compañero trabajador que había sido enterrado accidentalmente. Trató de desenterrarlo. Entonces se dio cuenta de que estaba metiendo las manos en un ataúd de tierra, y que había un hombre enterrado allí. Era un hombre muy delgado y moreno y no tenía pelo. Frenéticamente, el nagual trató de componer el ataúd de tierra. No quería que sus compañeros vieran lo que estaba pasando, ni tampoco quería hacer daño al hombre desenterrándolo contra su voluntad. Se puso a trabajar tan duro que ni siquiera se dio cuenta, que los demás trabajadores lo estaban rodeando. Para entonces, el nagual dijo que el ataúd de tierra se había desecho y que el hombre moreno se encontraba tendido en el suelo, desnudo. Trató de ayudarlo a levantarse y pidió a los hombres que le dieran una mano. Se rieron de él. Pensaron que estaba borracho, que le había dado el delirium tremens, porque ahí, en ese campo, no habían ni hombre ni ataúd de tierra ni nada por el estilo.



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