
La Gorda no compartía mi preocupación. Estaba radiante, contentísima.
– Ese pinche cabrón está mejor muerto -aseguró-. Ahora vamos a vivir en armonía, como debe ser. El nagual nos dijo que tú traerías cambios a nuestras vidas. Bueno, pues así fue. Pablito ya no nos joderá más. Te deshiciste de él. Mira qué contentos estamos. Estamos mejor sin él.
Me escandalizo su dureza. Afirmé, lo más vigorosamente posible, que don Juan nos había dado, de la manera más laboriosa, el marco de la vida de un guerrero. Enfaticé que la impecabilidad del guerrero me exigía que no dejara morir a Pablito, así nada más.
– ¿Y qué te crees que vas a hacer? -preguntó la Gorda.
Me voy a llevar a una de ustedes a que viva con él hasta el día en que todos, incluyendo a Pablito, puedan irse de aquí.
Se rieron de mí, incluso Néstor y Benigno, a quienes yo siempre creí más afines a Pablito. La Gorda se rió mucho más que todos, desafiándome obviamente.
Apelé a la comprensión de la Gorda. Le rogué. Utilicé todos los argumentos que se me ocurrieron. Me miró con desprecio total.
– Vámonos -les ordenó a los demás.
Me ofreció la más vacua de las sonrisas. Alzó los hombros e hizo un vago gesto al fruncir los labios.
– Puedes venir con nosotros -me ofreció-, siempre y cuando no hagas preguntas ni hables de ese pendejo.
– Eres una guerrera sin forma -dije-. Tú misma me lo dijiste. ¿Por qué, entonces, ahora juzgas a Pablito?
La Gorda no respondió. Pero sintió el golpe. Frunció el entrecejo y no quiso mirarme.
– ¡ La Gorda está con nosotras! -chilló Josefina con una voz terriblemente aguda.
Las tres hermanitas se congregaron en torno a la Gorda y la empujaron al interior de la casa. Las seguí. Néstor y Benigno también entraron.
– ¿Qué vas a hacer, llevarte a fuerzas a una de nosotras? -me gritó la Gorda.
