
– ¿Te sorprende la manera como nos arreglamos para vivir? -consultó la Gorda.
Mi sorpresa era más evidente. Quería saber cuáles eran las implicaciones de esta nueva organización.
La Gorda replicó, secamente, que no había nada de implicaciones. Decidieron vivir en pares, pero no como parejas. Agregó que, al contrario de todo lo que yo pudiera pensar, todos ellos eran guerreros impecables.
El nuevo arreglo parecía bastante agradable. Todos se hallaban completamente en paz. Ya no había más pleitos o explosiones de conducta competitiva entre ellos. También les dio por vestirse con las ropas indígenas típicas de la región. Las mujeres usaban vestidos con faldas largas que casi tocaban el suelo, rebozos negros y el pelo en trenzas, a excepción de Josefina, la cual siempre llevaba sombrero. Los hombres se vestían con ligeros pantalones y camisas de manta blanca, que parecían piyamas. Usaban sombreros de paja, y todos calzaban huaraches hechos en casa.
Le pregunté a la Gorda cuál era la razón de su nueva manera de vestir. Me dijo que estaban preparándose para partir. Tarde o temprano, con mi ayuda o por sí mismos, iban a abandonar ese valle. Irían hacia un mundo nuevo, hacia una nueva vida. Cuando lo hicieran, todos se darían cuenta cabal del cambio, porque mientras más usaran la ropa india, más dramático sería el cambio cuando se pusieran la indumentaria de la ciudad.
Añadió que les enseñaron a ser fluidos, a estar a sus anchas en cualquier situación en que se encontrasen, y que a mí me habían enseñado lo mismo. Lo que se demandaba de mi consistía en actuar con ellos sin perder la ecuanimidad, a pesar de lo que me hicieran. Para ellos, la demanda consistía en abandonar el valle y establecerse en otro sitio a fin de averiguar si de verdad podían ser tan fluidos como los guerreros deben serlo.
