
Lo había pasado maravillosamente bien esa noche, de verdad, por lo que era consciente de que no debía ser tan poco caritativa. Tan pronto como llegaron, la duquesa viuda se fue a instalar en su asiento de honor a conversar con sus amigas, y no le fue necesario atenderla. Así pues, había bailado y reído con todas sus viejas amigas, había bebido tres copas de ponche, había embromado a Thomas, lo que siempre era una buena diversión; él era el duque, y sin duda necesitaba muchísimo que lo trataran con menos servilismo. Pero, lo principal, había sonreído; había sonreído con tanta frecuencia y tan bien, que le dolían las mejillas.
Esa dicha tan pura e inesperada de la fiesta le había dejado el cuerpo vibrante de energía, y en esos momentos se sentía muy feliz sonriendo de oreja a oreja en la oscuridad, escuchando los suaves ronquidos de la viuda.
Cerró los ojos, aun cuando le parecía que no tenía sueño; el movimiento del coche tenía algo que la adormecía. Para ella el movimiento era hacia atrás, como siempre, y el rítmico clop-clop de los cascos de los caballos empezaba a adormilarla. Era extraño; sentía cansados los ojos, aunque el resto del cuerpo no. Pero tal vez no le iría mal echar una cabezada, pues tan pronto como llegaran a Belgrave tendría que ayudar a la viuda a…
¡Crac!
Enderezó la espalda y echó una mirada a su empleadora, que, milagrosamente, no se había despertado. ¿Qué fue ese ruido? ¿Alguien habría…?
¡Crac!
Entonces el coche dio un salto y se detuvo tan bruscamente que a la duquesa viuda, sentada como siempre en el asiento que miraba hacia delante, se le fue el cuerpo y casi se cayó de él.
