Al instante Grace se arrodilló a su lado e instintivamente la rodeó con los brazos.

– ¿Qué diablos? -ladró la viuda, pero se quedó callada al verle la expresión.

– Disparos -susurró Grace.

La viuda frunció los labios y enseguida se quitó el collar de esmeraldas y se lo puso en las manos.

– Esconda esto -ordenó.

– ¿Yo? -exclamó Grace, casi en un chillido, pero metió la joya debajo de un cojín.

Y lo único que se le ocurrió pensar fue que le encantaría meterle sensatez de un puñetazo a la estimada Augusta Wyndham, porque si iba a ser tan tacaña que no entregaría las joyas y a causa de eso la mataban…

Se abrió bruscamente la portezuela.

– ¡La bolsa o la vida!

Grace se quedó inmóvil, todavía arrodillada al lado de la viuda; lentamente levantó la cabeza y miró, pero lo único que logró ver fue el extremo plateado del cañón de una pistola, redondo y amenazador, y apuntado a su frente.

– Señoras -dijo la voz, aunque esta vez sonó distinta, casi amable. Entonces el hombre avanzó, saliendo de la oscuridad y con un elegante gesto movió el brazo en arco, invitándolas a bajar-. El placer de vuestra compañía, si me hacéis el favor -musitó.

Grace miró hacia uno y otro lado, ejercicio inútil de los ojos, pues, evidentemente, no había manera de escapar. Se giró hacia la viuda, suponiendo que estaría farfullando de furia, y vio que se había puesto pálida como un papel. Y entonces vio que estaba temblando.

La viuda estaba temblando.

Las dos estaban temblando.

El bandolero se acercó otro poco y apoyó el hombro en el marco de la portezuela. Entonces sonrió, una sonrisa indolente, con todo el encanto de un pícaro. Cómo pudo ver todo eso si llevaba un antifaz que le cubría la mitad de la cara. Grace no lo supo, pero le quedaron muy claras tres cosas de él.

Era joven.

Era fuerte.

Y era peligrosamente letal.



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