
– Señora -dijo a la viuda, dándole un codazo-. Creo que debemos hacer lo que dice.
– Ah, me encanta una mujer sensata -dijo él, y volvió a sonreír.
Fue una sonrisa muy breve, que sólo le levantó una comisura de la boca. Pero continuaba apuntándolas con su pistola, y su encanto no contribuyó mucho a calmarle el miedo a Grace.
Y entonces él extendió el otro brazo. ¡Extendió el brazo!, como ofreciéndolo para entrar en una fiesta; como si fuera un caballero del campo a punto de preguntar acerca del tiempo.
– ¿Me permitís que os ayude? -musitó.
Grace negó enérgicamente con la cabeza. No debía tocarlo. No sabía exactamente por qué, pero sabía en el fondo de su ser que sería un absoluto desastre si ponía la mano en la de él.
– Muy bien -dijo él, exhalando un suave suspiro-. Las damas de hoy en día son muy capaces. Me parte el corazón, en realidad. -Acercó otro poco la cabeza, casi como para confiar un secreto-. A nadie le gusta sentirse de sobra.
Grace se limitó a mirarlo.
– Las dejo mudas con mi cortesía y encanto -continuó él, retrocediendo para dejarles espacio para salir-. Ocurre siempre. De verdad, no deberían permitirme acercarme a las damas. Tengo un efecto muy molesto en vosotras.
Estaba loco, concluyó Grace; esa era la única explicación. Por encantadores que fueran sus modales, tenía que estar loco. Y sostenía una pistola.
– Aunque sin duda hay quienes dirían -musitó él, con su arma firme mientras sus palabras parecían serpentear por el aire-, que una mujer muda es la menos molesta de todas.
Thomas diría eso, pensó Grace. El duque de Wyndham no soportaba ningún tipo de cháchara. Lo llamaba Thomas porque hacía años que él había insistido en que lo llamara por su nombre de pila, para evitar el enredo que se armaba con el nombre de ella y el tratamiento que debían darle a él [1].
– Señora -susurró, tironeándole el brazo a la viuda.
