
Rápida como un rayo la mano de él le cogió el codo, afirmándola.
– No se va a desmayar, ¿verdad? -le dijo, presionándole el codo justo lo suficiente para mantenerla de pie.
Sin soltarla.
Ella negó con la cabeza.
– No -contestó en voz baja.
– Tiene mi más sincera gratitud -dijo él-. Me encantaría levantarla en brazos, pero tendría que soltar la pistola y eso no nos lo podemos permitir, ¿verdad? -Miró a la viuda y dijo riendo-. Y a usted ni se le ocurra la idea de desmayarse. Me gustaría muchísimo levantarla en brazos también, pero creo que a ninguna de las dos les gustaría que dejara a mis socios a cargo de las armas de fuego.
Sólo entonces Grace cayó en la cuenta de que había otros tres hombres. Claro que tenía que haberlos; él no podría haber orquestado eso solo. Pero los hombres habían estado muy callados, manteniéndose en la oscuridad.
Y ella no había sido capaz de desviar la mirada del jefe.
– ¿Ha resultado herido nuestro cochero? -preguntó, avergonzada por no haber pensado antes en él.
Ni él ni el lacayo que cabalgaba como escolta se veían por ningún lado.
– Nada que no pueda curar un poquito de amor y ternura -le aseguró el bandolero-. ¿Está casado?
¿De qué estaba hablando?
– Esto… creo que no -contestó.
– Envíelo a la taberna, entonces. Hay ahí una camarera bastante pechugona que… Vaya, pero ¿en qué estoy pensando? Estoy entre damas. -Se rió-. Un caldo caliente entonces, y tal vez una compresa fría. Y después de eso, un día libre para encontrar ese poquito de amor y ternura. Por cierto, el otro tío está ahí. -Movió la cabeza hacia un grupo de árboles cercano-. Absolutamente ileso, se lo aseguro, aunque tal vez podría encontrar las ataduras más apretadas de lo que preferiría.
