
Grace se ruborizó y se giró hacia la viuda, sorprendida de que no le estuviera dando un sermón al bandolero por esa manera de hablar tan irrespetuosa. Pero la duquesa seguía tan blanca como una sábana y miraba al ladrón como si estuviera viendo un fantasma.
– ¿Señora? -dijo, cogiéndole la mano; estaba fría y pegajosa. Y flácida, absolutamente flácida-. ¿Señora?
– ¿Cómo te llamas? -susurró la viuda.
– ¿Cómo me llamo? -repitió Grace horrorizada.
¿Habría sufrido una apoplejía? ¿Perdido la memoria?
– Cómo te llamas tú -dijo la viuda con más fuerza, y quedó claro que se dirigía al bandolero.
Él simplemente se rió.
– Me deleitan las atenciones de una dama tan encantadora, pero supongo que no creerá que voy a revelar mi nombre durante un acto que es casi sin duda un delito castigado con la horca.
– Necesito saber tu nombre -dijo la viuda.
– Y yo necesito sus objetos de valor -replicó él. Hizo un gesto hacia la mano de la viuda con un respetuoso ladeo de la cabeza-. Ese anillo, si es tan amable.
– Por favor -susurró la viuda.
Sorprendida, Grace giró la cabeza para mirarla; la viuda rara vez decía «gracias» y jamás decía «por favor».
– Necesita sentarse -dijo al bandolero.
Estaba segura de que la viuda estaba enferma; tenía una salud excelente, pero ya pasaba de los setenta años y había sufrido una conmoción.
– No necesito sentarme -dijo la viuda secamente, apartándola de un empujón.
Volviendo la atención al bandolero, se quitó el anillo y se lo pasó. Él lo cogió, lo hizo girar entre los dedos y se lo metió en el bolsillo.
Grace guardó silencio, observando, esperando que él pidiera más. Pero ante su sorpresa, la viuda habló primero.
