La duquesa, en cambio, Dios la bendiga, conocía perfectamente cuál era su papel y, después de un período de recuperación de seis meses, abrió la puerta que comunicaba los dos dormitorios, y el duque volvió a la búsqueda de un hijo.

Cinco meses después, la duquesa comunicó al duque que estaba embarazada. La euforia del primer momento quedó empañada por la firme decisión del duque de que nada, absolutamente nada, truncara este embarazo. A partir del mismo momento en que la duquesa tuvo la primera falta, se vio obligada a guardar cama. Un médico acudía a visitarla cada día y, hacia la mitad del embarazo, el duque localizó al mejor doctor de Londres y le ofreció un dineral para que abandonara su consulta y se trasladara a Clyvedon temporalmente.

Esta vez, el duque no estaba dispuesto a correr ningún riesgo. Tendría ese hijo y el ducado quedaría en la familia Basset.

La duquesa empezó a tener dolores al octavo mes y las enfermeras le colocaron almohadas debajo de la cadera. El doctor Stubbs les explicó que la gravedad haría que el niño se mantuviera dentro. Al duque le pareció un argumento lógico y, cuando el doctor se marchaba por las noches, colocaba otra almohada, dejándola formando un ángulo de veinte grados. Y así permaneció durante un mes.

Y, por fin, llegó la hora de la verdad. Todos rezaban por el duque, que tanto deseaba un heredero, y pocos se acordaron de la duquesa que, a medida que le había crecido la barriga, había ido perdiendo peso hasta quedarse en los huesos. Nadie quería ser demasiado optimista porque, al fin y al cabo, la duquesa y había dado a luz y enterrado a dos niños. Además, aunque todo saliera bien, podía perfectamente ser una niña.

Cuando los gritos de la duquesa fueron más fuertes y frecuentes, el duque, haciendo caso omiso de las quejas del doctor, la comadrona y la doncella de la duquesa, entró en la habitación de su mujer. Todo estaba lleno de sangre, pero estaba decidido a estar presente cuando se conociera el sexo del bebé.



2 из 289