Salió la cabeza, luego los hombros. Todos se inclinaron para ver el fruto de los dolores y empujones de la duquesa y, entonces…

Y entonces el duque supo que Dios existía y que estaba con los Basset. Dejó que la comadrona lo limpiara y luego cogió al niño en brazos y salió para enseñárselo a todo el mundo.

– ¡Es un niño! -gritó-. ¡Un niño perfecto!

Y mientras los criados lo celebraran, el duque miró al pequeño conde y le dijo:

– Eres perfecto. Eres un Basset. Y eres mío.

Quería llevarlo fuera para que todos vieran que había tenido un varón sano y fuerte, pero estaban a principios de abril y hacia un poco de frío así que, al final, accedió a que la comadrona se lo llevara con la madre. El duque montó a lomos de un caballo castrado y salió a celebrarlo, gritando a todo el que quisiera escucharle la buena noticia.

Mientras, la duquesa, que desde el parto no había dejado de sangrar, quedó inconsciente y, al final, falleció.


El duque lo sintió mucho por su mujer. Lo sintió con toda el alma. No la había querido, por supuesto, ni ella a él, pero habían mantenido una bonita amistad desde la infancia. Del matrimonio, el duque sólo esperaba un hijo y heredero y, en ese aspecto, su mujer había demostrado ser todo un ejemplo de conducta. Dio órdenes de que cada semana hubiera flores frescas en su tumba, todo el año, y trasladaron su retrato del salón al vestíbulo, a un lugar prominente encima de la escalera.

Y luego el duque se dedicó a la tarea de criar a su hijo.

Obviamente, el primer año no pudo hacer casi nada. El bebé era demasiado pequeño para los libros de administración de las tierras y responsabilidades, así que lo dejó al cuidado de la niñera y se fue a Londres, donde continuó con la vida que llevaba antes de ser padre, salvo que ahora obligaba a todo el mundo, incluido el rey, a mirar el retrato en miniatura que le había hecho a su hijo poco después de nacer.



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