
– No me corresponde a mí contestar a esa pregunta -respondió el mayordomo.
– Por supuesto que sí -dijo la niñera-. No puede decirle algo así a un niño de su edad y no explicárselo.
El mayordomo se quedó callado, y luego dijo:
– El duque no lo ha mencionado en años. Lo último que dijo fue que no tenía ningún hijo. Parecía muy afecta, así que nadie le hizo más preguntas. Nosotros, bueno los criados, supusimos que había muerto.
Simon apretó la mandíbula e intentó calmar la rabia que sentía en su interior.
– Si su hijo hubiera muerto, ¿no le habría llevado duelo? -preguntó la niñera-. ¿No se le ocurrió pensar eso? ¿Cómo pudo pensar que el niño estaba muerto si su padre no llevaba duelo?
El mayordomo se encogió de hombros.
– El duque suele vestirse de negro. El duelo no habría alterado su manera de vestir.
– Esto es una ofensa -dijo la niñera-. Le exijo que vaya a buscar al duque inmediatamente.
Simon no dijo nada. Estaba haciendo un gran esfuerzo para intentar controlar sus emociones. Tenía que hacerlo. Sólo podría hablar con su padre si se calmaba un poco.
El mayordomo asintió.
– Está arriba. Le comunicaré su llegada de inmediato.
La niñera empezó a caminar furiosa de un lado a otro, refunfuñando entre dientes y refiriéndose al duque en todas las palabras ofensivas de su extraordinariamente amplio vocabulario. Simon se quedó en el medio de la sala, con los brazos como palos a ambos lados del cuerpo, respirando hondo.
«Puedes hacerlo -se decía-. Puedes hacerlo»
La niñera lo miró, vio que intentaba controlar sus emociones y, en voz baja, le dijo:
– Respira hondo. Y piensa las palabras antes de hablar. Si puedes controlar…
– Veo que sigue mimándolo como siempre -dijo una voz desde la puerta.
La niñera se levantó y, lentamente, se giró. Intentó encontrar algo respetuoso que decir. Pero, cuando miró al duque, vio a Simon en sus ojos y la invadió la rabia. Puede que el duque se pareciera a su hijo, pero no era un padre para él.
