
Y, al final, a los once años, miró a la niñera a los ojos, respiró hondo, y dijo:
– Creo que ha llegado la hora de ir a ver a mi padre.
La niñera lo miró muy seria. El duque no había venido a ver a su hijo en siete años. Y tampoco había respondido ninguna de las cartas que Simon le había enviado. Y fueron cerca de un centenar.
– ¿Estás seguro? -le preguntó.
Simon asintió.
– Está bien. Diré que preparen el carruaje. Saldremos hacia Londres mañana por la mañana.
El viaje duró un día y medio y, cuando cruzaron la verja de Basset House era casi de noche. Simon observó maravillado el ir y venir de carruajes en las calles de Londres mientras subía la escalera de la entrada de la mano de la niñera Hopkins. Ninguno de los dos había estado antes en Basset House así que, cuando llegaron a la puerta principal, al la niñera sólo se le ocurrió llamar al picaporte.
La puerta se abrió enseguida y se vieron observados por un mayordomo más bien imponente.
– Las entregas -dijo, cerrando la puerta-, se hacen por la puerta de atrás.
– ¡Espere un segundo! -dijo, la niñera, colocando un pie en el umbral-. No somos criados.
El mayordomo miró con desdeño su ropa.
– Bueno, yo sí, pero él no. -Cogió a Simon por el brazo y lo colocó delante de ella-. Es el conde Clyvedon y será mejor que lo trate con un poco más de respeto.
El mayordomo se quedó con la boca abierta y parpadeó varias veces antes de hablar.
– Según tengo entendido, el conde Clyvedon está muerto.
– ¿Qué? -exclamó la niñera.
– ¡Le aseguro que no estoy muerto! -dijo Simon, con toda la indignación que puede mostrar un niño de once años.
El mayordomo lo miró y enseguida reconoció la mirada de los Basset. Los hizo entrar.
– ¿Por qué creía que estaba m-muerto? -preguntó Simon, maldiciéndose por tartamudear, aunque no le sorprendió porque era lo que le pasaba cuando se enfadaba.
