
De la entrada de aquella cañería cubierta de pintadas salía un murmullo de gruñidos y exclamaciones. Un hombre sin camisa, con la espalda musculosa cubierta de rasguños y suciedad, emergió arrastrando una tela de plástico resistente sobre la que yacía el cuerpo. El muerto todavía estaba boca arriba con la cabeza y las manos prácticamente ocultas por la camisa negra. Bosch buscó a Donovan con la mirada y lo encontró guardando una cámara de vídeo en la camioneta azul de la policía. Inmediatamente se dirigió hacia él.
– Necesito que vuelvas a entrar. Toda esa mierda que hay ahí dentro… periódicos, latas, bolsas (también vi unas hipodérmicas), algodón, envases…, quiero que lo recojas todo.
– De acuerdo -respondió Donovan. Hizo una pausa y después añadió-: Oye, a mí no me importa, pero… ¿tú crees que tenemos un caso? ¿Vale la pena que nos matemos a trabajar?
– No creo que lo sepamos hasta la autopsia.
Bosch empezó a alejarse, pero se detuvo un instante. -Donnie, ya sé que es domingo… bueno… gracias por volver a entrar.
– De nada. Es mi trabajo.
El hombre descamisado y el ayudante del forense estaban en cuclillas junto al cuerpo. Ambos llevaban guantes blancos.
El ayudante era Larry Sakai, un tipo que Bosch conocía desde hacía años, pero que nunca le había caído bien. Sakai tenía a su lado una caja de plástico de las que se utilizan para guardar utensilios de pesca, de la cual sacó un bisturí. Con él hizo una incisión de un par de centímetros en el costado del hombre, encima de la cadera izquierda, de la que no salió sangre. Entonces cogió un termómetro de la caja y lo fijó al extremo de una sonda curvada, la introdujo en el corte y, con gran habilidad, pero poca delicadeza, fue dándole vueltas para llegar al hígado.
El hombre descamisado puso cara de asco y Bosch se fijó en que tenía una lágrima azul tatuada en el rabillo del ojo derecho. A Bosch le pareció extrañamente apropiado, seguramente era la máxima lástima que el difunto iba a suscitar entre sus colegas.
