
– La hora de la muerte va a ser una putada -comentó Sakai sin apartar la vista de su trabajo-. La tubería, con el calor, va a desvirtuar la pérdida de temperatura del hígado. Cuando estábamos ahí dentro, Osito le ha puesto el termómetro y marcaba 27,2°. Diez minutos más tarde marcaba 28,3°. O sea, que no tenemos la temperatura exacta ni del cuerpo ni de la cañería.
– ¿Y eso qué significa? -dijo Bosch.
– Que no puedo decirte nada aquí mismo. Tengo que llevármelo y hacer números.
– Es decir, dárselo a alguien que realmente sepa hacerlo -apuntó Bosch.
– Lo tendrás cuando asistas a la autopsia; no te preocupes.
– Por cierto, ¿quién corta hoy?
Sakai no contestó; estaba demasiado ocupado con las piernas del muerto. Primero agarró los zapatos y movió un poco los tobillos, luego fue palpando las piernas y finalmente las levantó por los muslos para comprobar si se doblaban las rodillas. A continuación apretó las manos sobre el abdomen como si estuviera buscando droga. Por último metió la mano por debajo de la camisa e intentó girar la cabeza, pero ésta no se movió. Bosch sabía que el rigor mortis se extendía de la cabeza al tronco y luego a las extremidades.
– El cuello está tieso -explicó Sakai-. El estómago lo está a medias y las extremidades todavía tienen flexibilidad.
Sakai se sacó un lápiz de detrás de la oreja y lo usó para apretar la piel del costado. La parte del cuerpo más cercana al suelo presentaba unas manchas violáceas, como si estuviera lleno de vino hasta la mitad. Era la lividez post mórtem; cuando el corazón deja de bombear sangre, ésta se concentra en la zona más baja del cuerpo. Al apretar la goma del lápiz contra la piel oscura, el área no emblanqueció, lo cual indicaba que la sangre se había coagulado. El hombre llevaba varias horas muerto.
