Bosch tenía ganas de preguntarle si se le había ocurrido que la tubería iba a estar oscura tanto a las cuatro como a las ocho, pero lo dejó pasar. ¿Para qué molestarse?

– ¿Algo más? -repitió Crowley.

A Bosch no se le ocurrió nada más, pero Crowley llenó el silencio.

– No creo que se trate de un 187. Seguramente es un yonqui que murió de sobredosis, Harry; pasa todos los días. ¿Te acuerdas de aquel que sacamos de la tubería el año pasado?… Ah no, fue antes de que llegaras a Hollywood… Bueno, pues resulta que un tío se metió en la misma tubería (ya sabes que los vagabundos duermen allí muchas veces), pero se chutó una mierda y se quedó seco. Claro que aquella vez no lo encontramos tan rápido y, con el sol que pegaba, se estuvo cociendo durante dos días. Acabó más asado que un pavo de Navidad, aunque te aseguro que no olía tan bien.

Crowley se rió de su propio chiste, pero a Bosch no le hizo ninguna gracia.

– Cuando lo sacamos todavía tenía el pico clavado en el brazo -continuó el sargento de guardia-. Esto es lo mismo, un caso de rutina; si te vas para allá ahora, estarás de vuelta a la hora de comer. Luego te echas una siestecita y te vas a ver a los Dodgers. El próximo fin de semana le tocará a otro; tú no estás de guardia. Ya sabes que la semana que viene tienes un permiso de tres días y un fin de semana largo. Así que hazme un favor: vete para allá a ver qué es lo que hay.

Bosch estuvo considerando colgar el teléfono, pero luego dijo:

– Crowley, ¿por qué dices que el otro cadáver no lo encontrasteis tan rápido? ¿Qué te hace suponer que hemos encontrado éste inmediatamente?

– Mis hombres me han dicho que, aparte de a meado, la tubería no huele a nada. Tiene que estar fresco.



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