
– Di a tus hombres que estaré allí dentro de quince minutos y que dejen de joder con el muerto.
– Oye, Bosch…
Bosch sabía que Crowley iba a defender a su gente de nuevo, así que prefirió ahorrárselo y colgó. Después de encender otro cigarrillo, se dirigió a la puerta de entrada y recogió el Times que descansaba en el peldaño del porche. Al depositar sus cinco kilos de papel sobre la encimera de la cocina, Bosch se preguntó cuántos árboles habrían talado para confeccionarlo. Sacó el suplemento inmobiliario y lo hojeó hasta que encontró un gran anuncio de la empresa Valley Pride Properties. Pasó el dedo por una lista de casas en venta y se detuvo en una cuya descripción estaba rematada con la frase «Pregunte por Jerry». Bosch marcó el número.
– Valley Pride Properties, ¿dígame?
– ¿Está Jerry Edgar?
Al cabo de unos segundos y unos cuantos ruidos extraños, le pasaron a su compañero. -¿Dígame?
– Jed, tenemos otro trabajo. En la presa de Mulholland. ¿Por qué no llevas el busca?
– Mierda -dijo Edgar. Hubo un silencio. Bosch jugaba a adivinarle el pensamiento: «Hoy tengo tres casas que enseñar.» Más silencio. Bosch se imaginó a su compañero al otro lado de la línea con un traje de novecientos dólares y cara de bancarrota-. ¿Cuál es el trabajo?
Bosch le contó lo poco que sabía.
– Si quieres que lo haga yo solo, no me importa -le ofreció Bosch-. Si Noventa y ocho dice algo, ya te cubriré. Le explicaré que tú llevas el asunto de la tele y yo el fiambre de la tubería.
– Te lo agradezco, pero no hace falta. En cuanto encuentre a alguien que me sustituya, voy para allá.
Acordaron encontrarse junto al cadáver y Bosch colgó el teléfono. Acto seguido conectó el contestador automático, sacó dos paquetes de cigarrillos del armario y se los metió en el bolsillo de la cazadora. Entonces abrió otro armarito y sacó su pistola de una funda de nailon; una Smith & Wesson de nueve milímetros.
