
Para su sorpresa, la temblequeante criatura pareció tranquilizarse bajo su contacto. Habló con suavidad mientras frotaba la fina y suave piel rosada.
Gradualmente, su tenaza de terror remitió. Por fin, Dennis pudo coger a la criatura con ambas manos y acercársela al regazo.
Los hombres y mujeres del grupo de trabajo aplaudieron. Dennis les devolvió una sonrisa que demostraba más confianza de la que sentía.
Era el tipo de cosa que podía convertirse en leyenda.
«… Sí, muchacho. Yo estaba allí el día que el viejo director Nuel domó a un bicho alienígena salvaje que lo tenía cogido por los ojos … » Dennis contempló a la cosa que había «capturado». La criatura le miró con una expresión que estaba seguro de haber visto en alguna otra parte. ¿Pero dónde?
Entonces lo recordó. En su sexto cumpleaños sus padres le regalaron un libro de cuentos de hadas finlandeses. Todavía recordaba muchos de los dibujos. Y esta criatura tenía la malévola sonrisa de dientes afilados y ojos verdes de un duendecíllo.
—Un cerduende —anunció en voz baja mientras acariciaba a la pequeña criatura—. Un cruce entre un cerdito y un duende. ¿Te viene bien el nombre?
No pareció comprender las palabras. Dudaba que fuera inteligente. Pero algo pareció decirle a Dennis que lo comprendía. Le devolvió una sonrisa con sus dientes diminutos y afilados como agujas.
Brady se acercó con un saco.
—Rápido, Nuel. ¡Mientras está tranquilo, métalo aquí!
Dennis se quedó mirando al hombre. La sugerencia no merecía una respuesta. Se puso en pie, con el cerduende en el hueco del brazo izquierdo. La criatura ronroneó.
—Vamos, Brady —dijo—, completemos el recorrido para que pueda terminar mi lista de equipo. Tengo algunos preparativos que hacer.
»Puede darle las gracias a nuestro amiguito extraterrestre por decidir por mí. Atravesaré el zievatrón y visitaré su mundo natal por ustedes.
