La criatura pareció tomar una decisión. Se abrió paso por la estrecha abertura entre las tablas, y saltó justo a tiempo de esquivar la red que caía.

En un destello Dennis vio lo que parecía un diminuto cerdo de nariz chata. ¡Pero aquel cerdo era muy especial! ¡A mitad del salto sus patas se abrieron, liberando un par de membranas que crearon dos alas planeadoras!

—¡Bloquéele el paso, Nuel! —gritó Brady.

Dennis no tuvo mucha elección. La criatura alienígena volaba hacia él. Trató de agacharse, pero demasiado tarde. El «cerdo volador» aterrizó sobre su cabeza y se le aferró al pelo, graznando frenéticamente.

Cuando Dennis soltó sorprendido el tomo de bioquímica, el grueso volumen aterrizó en su pie.

—¡Ay! —saltó, y extendió las manos para agarrar a su desagradable pasajero.

Pero la pequeña criatura trinó en voz alta, quejumbrosamente. Parecía más asustada que furiosa. En el último momento, Dennis se abstuvo de soltarla por la fuerza. En cambio, consiguió apartar una pata de su ojo… justo a tiempo de agacharse bajo una llave inglesa lanzada por Bernald Brady. Dennis maldijo y el «cerdito» graznó mientras el arma pasaba por encima de su cabeza.

—¡Quédese quieto, Nuel! ¡Casi le he dado!

—¡Y casi me arranca la cabeza, también! —Dennis retrocedió—. ¡Idiota! ¿Está intentando matarme?

Brady pareció juzgar la proposición de forma silogística. Al final, se encogió de hombros.

—Muy bien pues, Nuel. Acérquese lentamente y nosotros lo agarraremos.

Dennis empezó a avanzar. Pero mientras se aproximaba a los otros hombres la criatura gimió patéticamente y apretó su tenaza.

—Quietos —dijo Dennis—. Está asustado, eso es todo. Denme un minuto. Tal vez pueda conseguir que baje.


Dennis retrocedió hasta una caja y se sentó. Extendió la mano con cuidado para tocar de nuevo al alienígena.



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