

Fred Vargas
El ejército furioso
Título original: L’Armés furieuse
© De la traducción, Anne-Héléne Suárez Girard
Capítulo 1
Había un reguero de miguitas de pan desde la cocina hasta la habitación, hasta las sábanas limpias en que descansaba la anciana, muerta y con la boca abierta. El comisario Adamsberg las observaba en silencio, yendo y viniendo con paso lento junto a los fragmentos, preguntándose qué Pulgarcito, o qué ogro en este caso, las había dejado allí. La vivienda era un oscuro apartamento de tres habitaciones en una planta baja del distrito 18 de París.
En la habitación, la anciana tendida. En el comedor, el marido. Esperaba, sin impaciencia ni emoción, tan sólo mirando con anhelo el periódico doblado en la página del crucigrama que no se atrevía a seguir haciendo con tanto policía alrededor. Había contado su breve historia: su mujer y él se habían conocido en una compañía de seguros, ella era secretaria y él contable, se habían casado alegremente sin pensar que la cosa duraría cincuenta y nueve años. Y la mujer había muerto durante la noche. De un paro cardiaco, había precisado por teléfono el comisario del distrito 18. Clavado en la cama, había llamado a Adamsberg para que fuera en su lugar. Hazme ese favor, será máximo una hora, una rutina mañanera.
Una vez más, Adamsberg recorrió las migas. El apartamento estaba impecable, los sillones estaban protegidos con pañitos, las superficies de plástico relucientes, los cristales sin huella, los platos lavados. Remontó el reguero hasta la panera, que contenía media barra y, envuelto en un trapo limpio, un mendrugo vacio de miga. Volvió junto al marido, acercó una silla para aproximarse al sillón.
