No hay buenas noticias esta mañana -dijo el viejo desprendiendo la mirada del periódico-. Hay que decir que este calor le hierve a uno el temperamento. Y eso que aquí, en la planta baja, se conserva bien el fresco. Por eso dejo cerradas las contraventanas. Y hay que beber, también eso dicen.

– ¿No se dio usted cuenta de nada?

– Ella estaba normal cuando me acosté. Yo siempre lo comprobaba, como era cardiaca… Fue esta mañana cuando vi lo que había pasado.

– Hay migas en la cama.

– A ella le gustaba. Comer algo acostada. Un trocito de pan, o una tostada, antes de dormir.

– Pues yo habría dicho que limpiaba las migas después.

– Sobre eso no cabe duda. Se pasaba el día limpiando como si le fuera la vida en ello. Al principio, no pasaba nada. Pero con los años se convirtió en una obnubilación. Era capaz de ensuciar para poder lavar. Tendría que haberla visto. Por otra parte, así se distraía, la pobre.

– Pero ¿y el pan? ¿No lo limpió anoche?

– Pues no, claro, si se lo llevé yo. Estaba demasiado débil para levantarse. Me ordenó que quitara las migas, eso sí, pero a mí me traen sin cuidado. De todos modos, ella lo habría hecho por la mañana. Volvía las sábanas todos los días. ¿Para qué? A saber.

– O sea que usted le llevó el pan a la cama y luego volvió a guardarlo en la panera.

– No. Lo tiré a la basura. El pan estaba demasiado duro para ella, no se lo pudo comer. Le llevé una tostada.

– Pues no está en la basura, sino en la panera.

– Sí, lo sé.

– Y no tiene miga dentro. ¿Se comió ella toda la miga?

– Por el amor de Dios, no, comisario. ¿Para qué iba a atiborrarse de miga? De miga rancia, encima. Es usted comisario, ¿verdad?

– Sí. Jean-Baptiste Adamsberg. Brigada Criminal.

– ¿Por qué no ha venido la policía del barrio?

– El comisario está en cama con gripe de verano. Y su equipo no está disponible.



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