Siguiendo a Veyrenc, la mujer pasó delante de la inmensa teniente con instintiva deferencia. Esta envolvía eficazmente el animal con una tela mojada. Más tarde, contó a Veyrenc, se ocuparía de las patas para tratar de extraer la cuerda. En las anchas manos de Retancourt, la paloma no intentaba siquiera moverse. Se dejaba cuidar, como cualquiera habría hecho en su lugar, inquieto y admirado a la vez.

La mujer se sentó, apaciguada, en el despacho de Adamsberg. Era tan estrecha que sólo ocupaba la mitad de la silla. Veyrenc se puso en una esquina, examinando el lugar que tan familiar le había resultado tiempo atrás. Sólo le quedaban tres horas y media para tomar una decisión. Una decisión ya tomada, según Adamsberg, pero que desconocía. Al atravesar la gran sala común, ya se había encontrado con la mirada hostil del comandante Danglard, que rebuscaba en los archivadores. A Danglard no sólo le molestaban sus versos, también le molestaba él.


Capítulo 3

La mujer había aceptado por fin dar su nombre, y Adamsberg lo estaba apuntando en una hoja cualquiera, descuido que la inquietó. Quizá el comisario no tuviera ninguna intención de ocuparse de ella.

– Valentine Vendermot, con «o» y «t» -repitió Adamsberg, pues tenía grandes dificultades con las palabras nuevas, y más aún con los nombres propios-. Y viene usted de Ardebec.

– De Ordebec. Está en Calvados.

– Tiene hijos, ¿no es así?

– Cuatro. Tres chicos y una chica. Soy viuda.

– ¿Qué ha pasado, señora Vendermot?

La mujer recurrió de nuevo a su voluminoso bolso, del cual extrajo un periódico local. Lo desplegó ligeramente y lo puso sobre la mesa.

– Es este hombre. Ha desaparecido.

– ¿Cómo se llama?

– Michel Herbier.

– ¿Es un amigo suyo? ¿Un pariente?



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