– Pero ésta no son muchas, es una paloma a secas, una paloma sola. Es la diferencia.

– Claro -dijo la mujer.

Comprensiva y, al fin y al cabo, pasiva. Quizá se hubiera equivocado acerca de ella, y no acabaría con miga de pan en la garganta. Puede que no fuera una lianta. Puede que estuviera realmente en apuros.

– ¿Es porque le gustan las palomas? -preguntó la mujer.

Adamsberg levantó hacia ella su mirada vaga.

– No. Pero no me gustan los hijos de perra que les atan las patas.

– Claro.

– No sé si en su tierra se practica este juego, pero en París existe: atrapar un pájaro, atarle las patas con tres centímetros de cuerda. Entonces la paloma ya sólo puede andar a pasitos minúsculos y no puede volar. Agoniza lentamente de hambre y de sed. Es un juego. Y odio ese juego, y encontraré al tipo que se ha estado divirtiendo con esta paloma.

Adamsberg entró en la Brigada dejando a la mujer y a Veyrenc en la acera. La mujer miraba fijamente el pelo del teniente, muy moreno y estriado de chocantes mechas rojas.

– ¿De verdad va a ocuparse de eso? -preguntó desconcertada-. Pero si es demasiado tarde, ¿sabe? El comisario tenía muchas pulgas saltándole por el brazo. Eso demuestra que la paloma no tiene ni fuerzas para acicalarse.

Adamsberg confió el pájaro al gigante del equipo, la teniente Violette Retancourt, con fe ciega en su capacidad para curar el animal. Si Retancourt no salvaba la paloma, ninguna otra persona podría hacerlo. La mujer, muy alta y gruesa, había torcido el gesto, lo cual no era buena señal. El pájaro estaba en mal estado, la piel de las patas estaba serrada de tanto intentar deshacerse de la cuerda, que se había incrustado en la carne. Estaba desnutrido y deshidratado. Ya vería lo que se podía hacer, había concluido Retancourt. Adamsberg asintió, apretando brevemente los labios, como cada vez que se cruzaba con la crueldad. Y ese trozo de cuerda lo era.



14 из 327