– ¿Usted sabe dónde está ese manantial?

– No, y debería haberlo buscado. He tenido tres esposas y ahora mismo no cuento con ninguna de ellas para calentarme la cama.

Claire volvió a prestar atención a la isla. Ella imaginaba que la situación del manantial aparecería indicada en todas las carreteras de la isla, que quizá incluso hasta hubiera un centro turístico. ¡Su abuela no le había dicho nada de que hubiera que buscarlo!

– ¿Y alguien a quien usted conozca sabe dónde está?

El capitán Billy pareció pensarse la respuesta y después se encogió de hombros.

– Supongo que Sorcha Mulroony debería saberlo. Es una sacerdotisa druida. Sí, así es como se llama a sí misma. La verdad es que yo creo que está un poco chiflada. Pero le gusta considerarse la guardiana de la magia de la isla. Puede preguntárselo a ella, pero le cobrará un buen precio por sus servicios.

– ¿Sus servicios?

– Adivinaciones, conjuros, hechizos, hace de todo. Yo compré una maldición el año pasado. Me costó cincuenta euros. Había un estúpido de Dingle que estaba intentando conseguir el contrato del barco de correo ofreciendo un precio más bajo que el mío, Sorcha maldijo su barco y se hundió en el puerto al día siguiente.

– ¿Y no se le ha ocurrido pensar que a lo mejor hizo un agujero en el casco y que por eso se hundió?

– No me importa lo que hiciera. El caso es que ese imbécil no se está encargando de llevar el correo a Trall, ¿no?

– Supongo que tiene razón -contestó Claire con una sonrisa. Se arrebujó en la cazadora de pana mientras veía cómo iba creciendo poco a poco la isla en el horizonte-. ¿Y puede recomendarme algún alojamiento en Trall?

– En la parle norte del pueblo hay una posada muy agradable. Se llama Ivybrook. En esta época del año seguro que tiene habitaciones vacías. La lleva Will Donovan. Su familia ha vivido durante generaciones y generaciones en la isla. Y él es un hombre famoso.



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